Presentación en Castelló

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Es para mí un placer y un honor estar hoy aquí para presentar el libro del amigo Manuel Moreno, Armonía y estrago. Bien es verdad que me vienen ganas de decir aquello de “Señor, no soy digno…”; por dos razones, por la calidad del libro y por quien fue el presentador de su libro anterior: nada más y nada menos que el gran poeta Luis García Montero. No soy digno, porque creo que es este un momento que se recordará y que impregnará de cierto halo de prestigio a quienes participamos cuando dentro de unos cuantos años se recuerde. Cuando Manuel ocupe el lugar que merece dentro de la poesía, alguien dirá y recordará en el futuro que yo fui el presentador, aquí en Castelló, de esta magnífica obra y tan solo pensarlo, me llena de rubor. Os lo digo ya: Manuel es un gran poeta. Lo demostró con su poemario anterior y lo ha revalidado ahora con Armonía y estrago. Ya era hora de que pudiéramos leer otro libro suyo. Yo venía esperándolo con ansiedad desde que leí el primero, un libro que me impresionó muy gratamente, y que me hizo sentir e imaginar de una manera sorprendente.
Recuerdo que, cuando leía La saliva del sol, todos los poemas me invitaban a escribir un relato sobre aquello que el poema decía o contaba. Algún intento hice. Y es que Manuel consigue pintar escenas, acontecimientos, lugares y paisajes con una riqueza de tonos y matices absolutamente impresionante, e impresionando en su sentido etimológico, que impresiona, que hace sentir de una manera sobrecogedora. A través de unas metáforas nada convencionales, Manuel consigue transmitir aquello que solo la poesía puede hacer: consigue capturar el alma de las cosas, su espíritu, su esencia verdadera. Las descripciones de nuestro autor no solo reflejan las cualidades sensibles de las cosas, sino aquello que son íntimamente y lo que íntimamente nos sugieren y nos hacen sentir. Y lo hace, con unas metáforas absolutamente conseguidas que dicen lo que con la literalidad no se puede decir. Hace muchos años, cuando escribía aforismos, escribí uno que decía: “La poesía es una mentira creadora de sentimientos”. Pues bien, esto resulta ahora especialmente adecuado para explicar lo que consiguen estas metáforas. Aquello que dicen es literalmente falso cuando no absurdo, pero logran transmitir verdades hondas, profundas que el lenguaje convencional no puede decir. Manuel consigue decir estas verdades, verdades emocionales podríamos denominarlas, con unas metáforas que se basan en una adjetivación que innova y sorprende, que es cuidadosa y precisa, reveladora de matices y esencias insospechadas que, aun así, enseguida reconocemos como reales o surreales, que dicen lo que es verdaderamente, aquello que siempre se nos ha ocultado y ahora se nos revela como una explosión de claridad y comprensión.

Lo hace buscando el adjetivo preciso, esculpiendo el lenguaje trabajosamente, cincelándolo con pasión y fuerza, y con una precisión que sorprende. Manuel es un picapedrero del lenguaje, un trabajador esforzado, un artesano dotado de un talento especial. Solo unos cuántos ejemplos de esto que digo. En el poema “Viento del Oeste”, dice “Este viento de silbo cirujano” y se imagina enseguida aquel viento gélido que corta. No hacen falta más palabras ni más precisiones: conciso y exacto. También habla allí mismo de un “viento de bríos costureros”, un viento que “le inventa a todo un traje de infinito,/ convierte a la palmera/ en brújula que apunta al extravío”. En otros poemas habla de “nieve pajarera”, de “salmo invertebrado”, de “los muñones de la escayola enferma” o de “músculos de aceite y de ventiscas” y de “nervios de tabaco e intemperie”. Para él, una amapola es “un coágulo de furia entre las piedras” y las brasas son “pétalos de luz”. Y crea imágenes tan penetrantes como esta: “una mujer amasa la mañana/ encorvada de luto y de cristales/ guarda el mar en los ojos de sus hijos”.
Es por eso que digo que Manuel capta y expresa de una manera fulgurante la esencia anímica de las cosas. La suya es una poesía orgánica y mineral a la vez, del hueso y de la carne. Podríamos decir, si la palabra no estuviera tan gastada y no tuviera las connotaciones que tiene, que es una poesía ecológica, que patentiza el alma de la naturaleza, que nos la muestra viva y animada. Una poesía animista. Es una mentira creadora de sentimientos. Él mismo dice en un poema que “el poeta es un impostor” y me ha gustado esta coincidencia en la concepción de este oficio. El poeta se erige en portavoz nuestro y consigue expresar por nosotros aquellas sensaciones, aquellas añoranzas y anhelos que no sabríamos expresar. El poeta nos hurta la voz, la voz de nuestras emociones, amplifica las suyas para recoger y potenciar las nuestras. Y cuando lo sentimos, enseguida le agradecemos el hurto y queremos que continúe en su impostura que tan bien refleja nuestra verdad. La poesía, podríamos decir, finalmente, es aquella mentira, aquel tipo de mentira que constituye la única manera de expresar las verdades más hondas. Esto hace la poesía, la buena poesía, y la de Manuel lo es.

Tobies Grimaltos

(Catedrático de Filosofia al Departament de Metafísica i Teoria del Coneixement de la Universitat de València )

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