Presentación en Tomelloso

 

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Buenas tardes a todos. Saludo en primer lugar al poeta y amigo Manuel Moreno Díaz, que hoy nos presenta un nuevo libro de poesía; ciertamente muy bien elaborado, escrito con detenimiento, comedido y sugerente; y sin duda, conscientemente pudoroso, como corresponde al quehacer de todo poeta que se precie. Muchas gracias, Manuel, por el detalle de invitarme a exponer mi parecer sobre este libro que titulas, creo que con gran acierto, Armonía y estrago. A mi juicio es un poemario muy osado. Cada verso respira por la herida. Confeso y contrito te diriges resueltamente al rincón de la sombra que proyecta tu esqueleto, mientras querrías tal vez que el corazón se te apoyara en las barandas de la subsistencia para poder avizorar en algún lugar todo tuyo si por un casual sigue saliendo el sol cada día.

Amigos todos; quiero adelantar sinceramente dos convicciones muy personales antes de entrara en el comentario del libro. La primera: en un mundo como el de hoy, que sufre tantas turbulencias, hemos de estar prevenidos porque llega un día en el que reunirse para hablar o escuchar acerca de poesía, será un acto contracorriente; un ¨no¨ a la cultura de la gregarización. Si no andamos listos se nos impondrá, queramos o no, un modo de vida superficial vacío, carente de pensamiento, de esperanza, de ilusión, y se irá levantando un mundo sin reservas morales, técnico, adormecido y anestesiado incluso por la banalidad del uso. Manuel lo denuncia y no en su libro; pero se escucha rebullir en cada página la ansiedad que experimenta de que nos dejemos exorcizar por la profecía.

En segundo lugar, les advierto que en el puñado de poemas que Manuel Moreno nos ofrece esta tarde resuena, se darán cuenta leyéndolo, releyéndolo y dejándose sobrecoger más por lo que no dice que por lo que dice, que él, sale al paso del lector como notario de este tiempo a punto, quizá, de descomponerse. Somos todos, cada quien a su modo, sugiere, una gran muchedumbre solitaria de hombres y mujeres cuya vida discurre desde la armonía de una vez al estrago que se expande progresivamente según vamos caminando a lo largo de la vida.

Dicho lo anterior, voy a intentar modestamente exponer en voz alta la impresión que me ha causado la lectura del libro. Resuena, o lo parece, en los poemas, todos, una cierta lamentación del mundo de hoy, mientras a manera de eco, escuchamos los pasos de los actuales habitantes de la Tierra: lentos, tristes, cansados. Son los ecos de las pisadas de las gentes en peregrinación a la busca, tanteantes y dubitativos, de un poquito de sol en algún lugar o de unos cuantos haces de luz aún lejanos, que basten para no perder la inocencia.

Según iba avanzando en la peregrinación-lectura del poemario, he recordado la afirmación aquella tan acertada de Borges: ¨Escribir un poema es ensayar una magia menor. El instrumento de esa magia, el lenguaje, es algo muy misterioso¨Arrebatado por la calentura mágica de su lenguaje tan arrebatadamente poético, Manuel Moreno nos pone delante de una especie de aviso para caminantes. Porque , vamos a ver, nos pregunta el poeta: ¿Cómo es la vida de cualquiera de nosotros? Al principio, sí, nos es dada a todos, en general, la gracia de disfrutar de una existencia gozosa, rítmica, cadencial y armónica, en la que disfrutamos, tal vez, de unos día gratificantes, soleados y bello: es el itinerario marcado por los latidos cordiales que señalan la región de la inocencia y el vuelo de los sueños. La luz llega, entonces, de la mañana recién nacida y se escucha el canto de los pájaros y las voces amables y cercanas del vecindario del pueblo. Es, apunta el poeta, el ámbito de la armonía y de las ilusiones, y , también de esos deseos irresistibles, tan puros, que nos asaltan al sentirnos ante el estremecimiento inefable del ¨tú¨.

En tales momentos y circunstancias, reclama el poeta, no podemos consentir que por nada del mundo la armonía de la existencia venga dañada, aunque sin embargo, constatamos que la mayor parte de las veces viene dañada, o peor aún, derrumbada. A esta devastación, Manuel Moreno le da el nombre de estrago. Las sombras caen encima del paisaje, lúgubre; el aire trae sones difuntos y alrededor de las cuatro esquinas del universo, se oye el llanto y el réquiem de tantas niñas tan vil e impunemente asesinadas. Os recomiendo la lectura y meditación del poema titulado Talitha Qum

(páginas 63 y 64 del libro) en el que el autor llora sin más remedio:

Devuélvanme a mi madre,

que me estará buscando todavía.

No puedo andar, recojan mi esqueleto

en cualquier saco y dénselo nomás,

que vista esta osamenta

el traje de su amor y de sus besos.

Díganle, por favor, que ya no lloro,

que no me duele ya, que tengo frío,

que la noche era hermosa y que el desierto

se parecía como nunca al mar.

Confieso entre paréntesis que servidor ha visitado en distintas ocasiones Ciudad Juárez, la enorme población que está en el fondo del poema citado, y puedo asegurar que allá se llega a tocar con la mano los escalofriantes sentimientos que embargan a nuestro poeta. No son en verdad, transmitibles a través de ningún comentario ajeno. Tiene razón Rainer María Rilke cuando escribe en su precioso librito Cartas a un joven poeta: ¨Nada puede aproximarse menos a una obra de arte que un comentario crítico. Al cabo y a la fin, toda obra de arte es indecible¨

Recorriendo las cinco partes, o galerías, en las que está dividido Armonía y estrago, se asiste , en mi opinión a una especie de confesión del autor, hecha, eso sí, con mucho disimulo. Es natural, porque los poetas son muy dados a quedarse desnudos en el catre de la escritura mientras aparentan que miran a la pared, y cuando nos hablan, lo hacen en un lenguaje cifrado.

No hemos de desistir, sin embargo, en intentar comprender todo cuanto no nos dicen. Confiesa nuestro autor en la página 47 del libro:

Yo soy tú, hipócrita lector,

tú eres yo, mi empedernido hermano.

Más claro no puede decirse. Ojalá, suplica y no el poeta, salga pronto el sol por este cielo lleno de nubarrones. Nos deslumbrará cuando terminemos de dar vueltas a los cinco laberintos del libro y salgamos a ver qué ocurre allá afuera. Me atrevo a opinar que las ganas irresistibles de que el sol salga por los cuatro puntos cardinales de la vida es la clave profunda de la lectura del poemario Armonía y estrago. El autor da la impresión de no quererlo reconocer, pero a pesar de todo, la resurección del sol se impone: un sol de pueblo, ese sol tímido y afectuoso en el que los viejos apoyan su espalda, el sol que se reparte en partículas de estrellas a fin de no perder su carrera. El libro, lo dije antes, respira por su herida y, a la postre, también lo dije, los poetas son los notarios de los sucesos más profundos que le acontecen a todo hombre en lo más hondo de su ser. ¿Para qué hemos nacido sino para echarnos cada día al camino en busca del sentido de la vida? Por estos, los cuarenta y nueve poemas, cada uno de ellos buscadores del sentido de la vida, camina el autor, lo declare o no, hacia aquellos tiempos, venturosos tal vez, de su propio paraíso perdido. Lo que se verifica con las distintas citas del libro:

Página 24:

¿Qué bárbaro iracundo

hace estallar el sol todas las noches

en millones de estrellas por el cielo?

¿Y qué paciente lamparero

va juntando esas luces una a una

para resucitarlo en alba?

En la página 51 se lamenta:

Ya se apagaron todas las candelas, sumisas

al soplo de las sombras,

solo queda la última, la mía,

la del fulgor leproso.

En la página 69 leemos:

Qué lejos para siempre queda el alba

aunque la anuncie el corazón,

si ya nuestros caminos se separan

hacia noches distintas.

Queridos amigos: quiero entender el pensamiento de muestro apreciado amigo , Manolo Moreno, más o menos nos dice que estamos hoy en día viviendo una realidad inhóspita, donde se aglomeran, más solas que la una, gentes con el alma deshabitada. La vida, que al comienzo tanto promete, nos engaña después como a párvulos ilusos. Se descuelgan del firmamento todos los pájaros de la tarde , y los colores del crepúsculo deambulan por el cielo desteñidos y melancólicos. Esta es pues la hora del estrago.

Sin embargo, Manuel, tú mismo reconoces que en alguna parte del corazón o la tierra, está, aunque no lo parezca, saliendo el sol. Así por ejemplo, en el poema titulado Ventana al amanecer (página 14) reconoces:

este abrazo de sol, este haz de lumbre

que te unge de cielo y te perdona.

Y en Como el agua, página 31:

Derrama, corazón, tus hormigueros,

acuchilla el tejido de tus tapias,

enchárcate de sol,

hazte hospicio de estrellas,

En Viejos al sol, página 57, ruegas:

No, no los despertéis,

que el sol los tiene ya casi acabados.

Hasta entonces estamos a salvo de la muerte

y jugamos tranquilos al saber

que no entrará jamás en nuestras casas

mientras ellos estén en sus umbrales

como diques de sombra elemental.

Concluyendo, pido excusas por haberme extendido demasiado, pero el libro lo merecía. Felicito sinceramente al autor por regalarnos este gran trozo de sol para llenarnos con su calor los bolsillos de la pelliza y poder caminar como es debido en estos tiempos de invierno. A cuantos habéis venido a acompañar a Manuel Moreno os pido que me permitáis terminar con los cuatro versos siguientes que marcan, me parece, la temperatura cordial del libro:

De Sol doméstico, página 81:

Venid todos al sol que arde en el patio

el sol de octubre siempre es el de casa

el que aprendió a leer en nuestra infancia

y se quedó a vivir entre los huesos

En Tomelloso, a 22 de enero de 2016

Valentín Artega( poeta y religioso teatino)

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