Presentación en Carcaixent

El viernes 26 de febrero se presentó el poemario en la Biblioteca Municipal de Carcaixent. La presentación corrió a cargo del poeta Robert Cortell.

Mañana de Niebla. (Música compuesta por el maestro Aureli Chorro)

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Todo poema parte de una realidad que, en un momento dado, ha conmovido al poeta. Poco importa que esa realidad sea interior o exterior porque, al fin, al convertirse en palabras, es decir, en poesía, acontecerá una nueva realidad, que es una realidad ficticia, imaginada, quizás deformada por la propia capacidad de invención que aplica el poeta en sus composiciones.


No tiene el poeta vocación de periodista sino de inventor: al poeta sólo le interesa la realidad como materia que tiene que ser sometida a un proceso de transformación. Si para Pessoa el poeta es un fingidor, es porque no se limita a copiar la realidad sino a recrearla o a crear otra distinta. Pero esta impostura no va más allá de esa sustitución de un mundo real por un mundo inventado, puesto que el mundo inventado que se imagina el poeta aspira a reflejar una verdad esencial.


Por lo tanto, podemos declarar que no hay poesía sin verdad: lo que busca el poeta es revelar al ser humano aquello por lo que es humano, con todas sus consecuencias. Y esta revelación supone penetrar en un misterio que no tiene consistencia física, sino psíquica, porque somos humanos cuando pensamos, cuando sentimos, cuando experimentamos sensaciones que somos capaces de racionalizar, y puesto que estas experiencias se presentan mezcladas las unas con las otras en nuestro “yo”, lo que intenta el poeta es expresarlas a través de sus poemas.


La poesía, normalmente, provoca extrañeza en el lector, porque intenta iluminar las zonas de sombra de la naturaleza humana, y esto solo se puede conseguir de una manera provisional, a ráfagas, con más dudas que certezas. No puede el poeta hacer afirmaciones ni negaciones rotundas, ni tampoco transmitir la confianza que es propia de los científicos o de quienes lo encomiendan todo al sentido común.


Por otro lado, cuando el poeta se enfrenta con el misterio del ser humano, se tiene que valer de unas palabras que han nacido para expresar realidades diferenciadas más que realidades mezcladas y confusas como las que hemos visto que son propias de la poesía. En la vida real, podemos decir que estamos cansados y que por eso nos queremos ir a dormir. Pero al poeta no le interesa esa realidad, sino otra más profunda: la que hace que los seres humanos se sienten cansados cuando no tienen razones objetivas para estarlo. Ante este misterio, el poeta fuerza el sentido de las palabras para aumentar su expresividad y transmitir de la manera más aproximada posible la mezcla de sentimientos, sensaciones y pensamientos que experimenta un ser humano en esa situación. Así, las palabras se impregnan de la sustancia del poema y adaptan su significado a aquello que el poeta quiere expresar. Para conseguir este efecto, la poesía se convierte en el reino de la metáfora, del símbolo, que choca profundamente a los lectores, a los espectadores del artificio literario.


Vamos a parar, así, a la gran paradoja: la poesía busca desentrañar el misterio del ser humano y con esta finalidad, al poeta no se le ocurre nada mejor que escribir poemas que desconciertan al lector con su extrañeza. Es, al fin y al cabo, como si el poeta disfrutara de añadir más misterio a lo que ya es misterioso por sí mismo. Pero no sería justo hacerle este reproche al poeta, porque la dificultad del poema no es gratuita sino una manera de expresar lo inefable, lo que comporta que el contenido del poema no está dirigido tanto a la razón como a la emoción. Si antes he dicho que no puede haber poesía sin verdad, ahora añado que también es necesaria la emoción. Y así cierro el círculo diciendo que el poeta busca una verdad esencial para comunicarla a los lectores a través de la emoción. Aquí reside el secreto de la poesía, y como bien podéis deducir, para comunicar mediante la emoción es tan necesario trabajar el fondo como la forma del poema. Los mejor libros de poesía son aquellos en que se consigue un equilibrio entre la forma y el fondo, porque en el poema la palabra juega un papel formal o estético, además del papel de signo dotado de un significado con que se emplea en el lenguaje utilitario.


Si he hecho estas consideraciones sobre la poesía, en general, es porque pienso que el libro que hoy presentamos: “Armonía y estrago”, de Manuel Moreno Díaz, es un poemario que se identifica plenamente con el planteamiento que acabo de hacer y, por lo tanto, que su autor comparte mi misma manera de ver la poesía, a pesar de que a la hora de hacer poemas lo hacemos de una manera distinta, porque la poesía es también libertad, y cada poeta busca comunicarse con el lector a través de la emoción de una manera distinta.


Manuel Moreno Díaz es un poeta nacido en Tomelloso en 1964, que es profesor de latín en instituto de Castelló de la Ribera y que desde hace un año vive en Carcaixent. En el año 2005 ganó el importante premio de poesía “Emilio Alarcos”, en su IV edición, por el poemario “La saliva del sol”, que fue publicado por el editorial Visor en 2006. Ha escrito también una “Guía para ver y analizar Ser o no ser de Ernst Lubitsch” (Nau libros-Octaedro, 2003), y fue redactor jefe de la revista de creación literaria El Cardo de Bronce. Hay que destacar, por lo tanto, que “Armonía y estrago”, editado por Renacimiento, es su segundo poemario. Del primero, “La saliva del sol”, el gran poeta Ángel González, presidente del Jurado que lo premió, dijo que era “un libro de sentimiento contenido, muy preciso en la palabra y poblado de imágenes muy bellas”.


Estos disparos con que Ángel González definía “La saliva del sol” son trasladables a “Armonía y estrago”, con la única excepción de la referencia que hacía el poeta de la generación de los 50 al “sentimiento contenido”. Porque “Armonía y estrago” es también un libro muy preciso en la palabra y pleno de bellas imágenes, pero yo creo que en este último libro encontramos unos sentimientos que ya no son solamente contenidos sino que llegan a ser desgarrados. Porque, en efecto, como el propio título sugiere, hay armonía en el poemario, pero es una armonía que se rompe fácilmente y se transforma en estrago y destrucción.


Pero, con objeto de hablar de todo esto, me ajustaré a la estructura del libro, y así, al mismo tiempo que os hablo de sus partes , iré desgranándoos una visión general del poemario.


El libro consta de un poema introductorio, “Afueras de la luz”, y cinco partes, que tienen por título “Luz orfebre” (13 poemas), “Oficio de humildad” (11 poemas), “Al amor de las sombras” (14 poemas), “Tantum corpus” (11 poemas) y “Sol doméstico”, que formalmente es un único y largo poema, sin signos de puntuación.


En cuanto al poema introductorio, “Afueras de la luz”, hay que decir que tanto por su posición como por su contenido juega un doble papel: por un lado, explica el título, y por otro lado condensa en pocos versos el sentido general del poemario. El poema empieza haciéndose eco de un mundo en llamas, que sería el estrago a que hace referencia el título, pero acto seguido nos habla, en la siguiente estrofa, de la armonía que todavía es posible en medio de tanta destrucción, porque cuando todo se acaba es el momento de reconciliarnos con nosotros mismos y con las personas a las que queremos, de mirar hacia el pasado y ser puros en la noche. Es una invitación a descubrir la grandeza allí donde los sueños van perdiéndose. Hay, por lo tanto, una puerta abierta a la esperanza, a pesar de que sea minúscula.


En la primera parte, que tiene por título “Luz orfebre”, está muy presente un astro que juega un importante papel en los dos poemarios publicados por Manuel Moreno: el Sol. Se trata, por supuesto, de un símbolo que no siempre juega el mismo papel, puesto que a veces se trata de un sol de invierno y enfermizo, otras de un sol naciente y provisional, otras de un sol elemental y transitivo. En cualquier caso, el sol juega un papel de contraste con la noche y la sombra, y de esta manera el poeta simboliza otro contraste de tipo existencial: el que hay entre la plenitud del ser humano que se abre a la vida, y la decadencia que experimentamos con el paso del tiempo, tanto en el aspecto físico como en el de las ilusiones.


La mirada del poeta es, en general, desencantada, a pesar de que hay rebrotes aislados condenados al fracaso por su brevedad, como el de la “Mañana de niebla”, en que todos acabemos siendo “hermanos de la lluvia”, o el de “La noche de San Juan”, en que el poeta llega a pensar que “ya nunca será de noche aquí”. En otros poemas, queda claro que el sol “unánime y maestro” ya es una cosa pasada, porque sólo es capaz de levantar “repúblicas de infancia”. El poeta, a estas alturas, mira el sol como un “candil de llama enferma”, como “un sol apócrifo que miente claridad”, como “el óbolo que baja cada noche a enterrarse en la boca de los muertos”.


En la segunda parte, “Oficio de humildad”, el poeta “solo en lo elemental busca su pulso”, y por eso fija su mirada en la naturaleza y el paisaje, y nos habla del agua, de la brisa, de las nubes, de varias especies vegetales y animales, de la lluvia y de los tejados de su infancia. Son poemas que tienen una fuerte carga simbólica, porque la naturaleza sirve de excusa para establecer correspondencias entre el mundo sensible y el mundo espiritual. Así, por ejemplo, cuando el poeta nos habla de un árbol abatido por el viento, acaba diciéndonos que su rumbo lo trae hacia la ceniza; cuando hace un elogio de la brisa, la define como “el callado estertor del abandono”, y cuando dedica un poema a las chicharras, ve en ellas como el barro se hace vuelo/y las tinieblas canto” . A mi parecer, el mejor poema de esta parte es el que dedica a los tejados de su pueblo natal, Tomelloso. Me gusta especialmente la imagen del niño que sube a los tejados para descubrir el mundo, y cuando ya se ha hecho mayor todavía conserva el recuerdo de ese descubrimiento, con la añoranza amarga de quien ha sido expulsado del paraíso de la infancia. Así, el poema, en su sobrecogedor final nos dice que “entre los escombros tú mirada/todavía descifra/l el manso silabeo de la lluvia,/la efímera sintaxis de las nubes,/la prédica tenaz de las estrellas,/aquello que aprendiste,/como un dios indolente,/subido en los tejados de la infancia”.


La tercera parte, “Al amor de las sombras”, es la que más referencias culturales incorpora a sus poemas. Así, hay una referencia implícita al poeta fingidor de Pessoa, dos referencias cinematográficas (Lubitsch, que es conocido como un “director de puertas”, porque dominaba el arte de hacer comedia escondiendo a los protagonistas detrás de una puerta cerrada, y William Holden, que murió debido a un estúpido accidente doméstico), dos musicales (los bluesman Robert Johnson que, según la leyenda, hizo un pacto con el diablo, y el fundador del bebop, Charlie Parker, que murió de un ataque de risa). Para mí, las dos referencias más interesantes son las bíblicas: una, dedicada al Antiguo Testamento, más en concreto al Éxodo, y la otra al pasaje del Nuevo Testamento, Evangelio según Santo Marcos, en que Jesús resucita a una niña pronunciando estas palabras: “Talitha qum” (“Contigo hablo, niña, levántate”). Este poema es conmovedor y está dedicado a las niñas impunemente asesinadas en Ciudad Juárez. Os leeré su última estrofa:


Devuélvanme a mi madre,

que me estará buscando todavía.

No puedo andar, recojan mi esqueleto

en cualquier saco y dénselo nomás,

que vista esta osamenta

el traje de su amor y de sus besos.

Díganle, por favor, que ya no lloro,

que no me duele ya, que tengo frío,

que la noche era hermosa y que el desierto

se parecía como nunca al mar.


Así pasamos a la cuarta parte del poemario, titulada “Tantum corpus”, que está formada por poemas que nos hablan de la muerte, del dolor físico y de las pérdidas. Es aquí donde se produce una auténtica ruptura con el poemario anterior, puesto que en estos poemas los sentimientos desbordan la contención de que nos hablaba Ángel González.


Son poemas intensos, en los cuales el dolor es descrito físicamente con todo detalle. Así, en “La mosca en la herida”, la última estrofa dice así:


Y pienso estremecido

que lo único que vale para ti

de mí es mi herida,

que quieres hacer de ella

la cuna de tus larvas,

que si pudieras, con tu trompa

me absorberías por entero,

y que solo me salva mi tamaño.


Y en “Profanación”, un poema corto, pero de una expresividad que corta el aliento, el poeta nos dice:


Yo sé que el mar ensaya sus mareas

en el leve oleaje de mi pulso,

que la tierra recuerda ya mi olvido

y el silencio de arcilla de mi cuerpo,

que el sol se reconoce desde siempre

en el remoto calcio de mis huesos,

que el aire, al ingresar en mis pulmones,

se hace cabal idea de la muerte.


El poemario, cómo he dicho antes, acaba con un largo poema, que tiene por título “Sol doméstico” y está dedicado a sus padres. El poema está escrito en un momento en qué “nunca la luz nos prometió tan poco”, puesto que es “la luz interpretada de los muertos”. El poeta ha logrado la edad de la madurez y cree que es llegada la hora de “partir mi pan cono los humildes/para que al fin podáis reconocer/mis antiguas heridas y dejar/un ramo de perdón junto a mí sangre”. Se trata, pues, de recordar su infancia, porque es la infancia la que puede explicar la persona que es en la actualidad. Y para elaborar esa celebración de la memoria, el espacio elegido es la casa de sus padres, que describe mediante una imagen muy expresiva: “el sol de octubre siempre es el de casa/el que aprendió a leer en nuestra infancia/y se quedó a vivir entre los huesos”. Un sol de octubre es un sol apagado, que sugiere cierta grisura como color dominante del paisaje. De la madre nos dice cosas bellísimas: que “guarda el mar en los ojos de sus hijos”, que  “mi madre me pensaba cada noche/modelaba mis miembros con la arcilla/de su vientre el corazón los brazos/la lengua y otra vez el corazón/las palabras con que la llamaría/los pasos con los que iba a regresar/de todas mis muertes a su lado/mi madre aún me sueña cada noche/cada noche más huérfano más solo/enviudando de mí toda su vida/olvidó sus caricias en mis dedos”. También cuando nos habla del padre hace uso de imágenes conmovedoras: “padre tú no envejezcas más que yo/lo haré por ti serás de nuevo el hijo/de la triste aritmética y los mapas/del luto que vistió tus estaturas/qué importa el nombre si es el mismo miedo/mis pies se irán calzando con tus pasos/asumirán mis venas tus latidos/tu sangre tan pequeña y asustada” El poeta querría volver a los días de infancia, porque el sol de hoy ya es casi noche: “…son tus rayos arañazos/de puro miedo a no salir mañana”. Consciente de esta realidad crepuscular, el poeta se desespera porque sobreviva el niño que un día fue. Y por eso se dirige a sus padres para decirlos: “ahora venid venid conmigo siempre/no me dejéis que cante solo más/ni que pierdan mis labios su memoria/quiero hermanar mi sombra con la vuestra/que mi nombre traduzca vuestro olvido”. De lo que se trata es de aprender a resucitar todos los días, de levantar ese sol “que arde ahora en el cielo de la sangre”, y de esta manera ser memoria viva de nuestros muertos, que es una memoria que nos hace sentirnos acompañados: “repartir nuestros huesos por los cuerpos/de los que alguna vez nos sostuvieron”.


En fin, como conclusión, quiero destacar que he disfrutado mucho leyendo este poemario, porque Manuel Moreno hace una poesía de gran belleza y rigor. Es la suya, una poesía existencial que también se preocupa del goce estético, por eso no me extraña que el compositor carcaixentí Aureli Chorro encuentre en estos poemas una fuente de inspiración para sus composiciones, como tendremos la oportunidad de comprobar en este acto.

Robert Cortell

Letrado jefe de la Sindicatura de Comptes y poeta.

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