CRÍTICA en la REVISTA CLARÍN POR EL POETA PEDRO A. GONZÁLEZ

el

LA MIRADA SOLAR DE MANUEL MORENO

 (Armonía y estrago, Manuel Moreno Díaz, Sevilla, Renacimiento, 2015)

 

Poeta marcado por el signo de la luz, deslumbrado primero por la luminosidad de La Mancha y más tarde por las claridades levantinas, la poesía de Manuel Moreno no podía sino estar dominada por un impulso solar y luminoso, que ya se había manifestado con anterioridad en su libro La saliva del sol. Un impulso cuya poderosa fuerza invasora es capaz de iluminar no solo las tinieblas exteriores del mundo sino también la profunda caverna de las sombras interiores, donde habitan la angustia, el insomnio y el miedo.

Esa mirada solar se manifiesta sobre todo en la primera parte, “Luz orfebre”, donde ya el título presenta la luz como una especie de herramienta que talla y esculpe las formas de la materia, insuflándoles además su hálito esencial. El poema tan esproncedianamente titulado “Himno al sol”, recrea también esa cualidad de la luz solar como una energía totalizadora, que modela y ordena todo lo que existe: de ahí que el sol aparezca definido con el nombre de los  oficios de “los siete gremios de la luz”: sol alfarero, panadero, hojalatero, espigador, pastor, etc… Todo ello nos sumerge en un universo diurno y luminoso, que formalmente se sustenta en la armonía métrica del endecasílabo, y que logra una fuerte capacidad evocadora en virtud de un moderado uso de imágenes irracionales que elevan el vuelo de la emoción poética.

En la segunda parte, ya desde su título, el poeta hace confesión de su insobornable “Oficio de humildad”, y es aquí donde de una manera explícita le afloran sus raíces más genuinamente manchegas, y donde también hace confesión de una estética singular: la que él mismo llama la “frágil liturgia de lo humilde”.  A través de esa actitud, con la que busca la sintonía y la conexión afectiva con lo más elemental de la naturaleza, la voz del poeta se muestra compasiva y cordial ante su entorno, de ahí que sus ojos contemplen con cierta misericordia los elementos más humildes  del paisaje. En virtud de esa mirada ennoblecedora y compasiva, las cosas, por pobres e insignificantes que parezcan, al ser dignificadas metafóricamente, adquieren un gran relieve estético y afectivo.

Así sucede, por ejemplo, cuando el poeta se detiene a contemplar el efímero resplandor de una amapola, una cardencha calcinada bajo el sol de agosto, o unas nubes en el cielo de la llanura. Y asimismo cuando se para a escuchar un ruidoso concierto de chicharras, o evoca unos tejados de su Tomelloso natal, que fueron como un alto mirador desde donde, a través de los ojos de la infancia, se podía divisar ilusionadamente el mundo. Esta antigua atalaya sirve al poeta para proyectar su actitud elegíaca, por cuanto simboliza el contraste entre la visión mágica e idealizada del ayer, y el hoy ya despoblado y ruinoso, sometido a los estragos del tiempo.

El libro va avanzando desde la luminosidad inicial hacia un mundo cercado por las sombras, que son el reflejo de un cerrado universo existencial; un universo que aparece sometido a una tensión continua entre dos polos antitéticos (“la armonía y el estrago”) que desencadenan otras parejas de contrarios como la claridad y las sombras, el pozo y el tejado, el ayer y el ahora, la redención y la culpa, la elevación y la caída,

En la tercera parte, “Al amor de las sombras”, de contenido más heterogéneo, reaparece el simbolismo de la luz en la imagen tan significativa del candil, una metáfora con la que se expresa el deseo de salir de las tinieblas, la esperanza de mantener encendida una llama frente a la oscuridad de la noche. Noche que aparece simbolizada en la “guarida” tenebrosa de los pozos, un icono de nuestra más honda memoria, pero también una imagen existencial de la angustia y el miedo.

La muerte, el otro gran impulso de su lírica, va adueñándose poco a poco del libro y, en su continuo descenso hacia los abismos, la cuarta parte, “Tantum corpus”, es una recreación en el dolor, reflejado muy expresivamente en la imagen de la mosca aleteando y posándose en la herida abierta del poeta, enfrentado ya a la realidad de su propio espejo, dispuesto a asumir lo más vulnerable y precario de su condición orgánica.

Y finalmente, como en un meditado recorrido circular, el poeta retorna al motivo central del poemario: el de la luz solar. Por eso en el poema que actúa como broche final (“Sol doméstico”), larga composición en endecasílabos blancos dedicada a sus padres, hunde sus raíces en la figura de sus antepasados más próximos, como si hubiera comprendido que la luz, al igual que el destino de la existencia, es también circular, y que no hay nada más luminoso que volver al origen, donde siempre hay una luz encendida, ya sea  en forma de recuerdos, de velas encendidas o lamparillas de aceite. Ahí, en esos orígenes, se encuentra siempre lo que él llama “el resplandor medicinal del signo”, es decir, la luz de la palabra que, al apagarse, nunca deja tinieblas sino memoria. Y la memoria, frente a las sombras del olvido, es siempre resplandeciente y luminosa.

Pedro A. González Moreno

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