ESTUDIO DEL LIBRO POR EL GRAN POETA MANCHEGO FEDERICO GALLEGO RIPOLL

 

LA SOSEGADA LUZ 

DE LA COSTUMBRE

(Algunas reflexiones desde Armonía y estrago, de Manuel Moreno Díaz)

por FEDERICO GALLEGO RIPOLL

Palma, agosto de 2016

CAMINANDO DESCALZOS SOBRE EL VERSO

No se debe concebir la poesía como una actividad circunstancial, subsidiaria de otras de mayor lustre o prevalencia. La poesía desprograma nuestras rutinas en la inercia de un mundo visual permeable que favorece la pasividad intelectual, nos enfrenta a nuestro yo desnudo y nos exige una actitud de atención responsable para percibir las peculiaridades de su lenguaje específico;  asimismo, al alejarnos de lo superficial y trillado, nos impulsa a afrontar las grandes preguntas que preferimos obviar, utilizando no los recursos de la filosofía o la teología sino nuestra intrínseca aunque poco ejercitada capacidad de apreciar cuanto de real subyace a lo aparente.

La poesía, como la música, como la soledad, como la distancia, como el silencio, es integrante de la primera piel, la más sensible, que envuelve nuestra existencia. Dentro de esos límites, arraigados en la asunción de una historia no elegida (no nos suelen alcanzar las razones de la vida, su contingencia impuesta, su fatalidad) podemos efectuar gracias a ella –si las circunstancias nos otorgan calma y claridad- un movimiento de afianzamiento del yo, como paso previo al gesto de alcanzar lo externo, lo otro, para reconocerlo y reconocernos como integrantes de un mundo formado por ámbitos singulares que interrelacionan y estimulan un universo de diálogos posibles.

Pero la poesía nunca es lo otro; al constituirse en herramienta, también, de autoconocimiento, siempre forma parte del yo, como el aire que respiramos, que no existe particularmente sino en su función de fluido que nos permite ser quienes somos. No se debe acceder a la poesía como a algo trivial; ni hacerlo por obligación ni de mal modo, porque es una posibilidad de conocimiento al alcance de quien decida comprometerse en su trayecto. Quienes nos sentimos vinculados con la poesía de una u otra manera, a veces soportamos, debido al natural discurrir de nuestras ocupaciones,  ciertos compromisos de lectura que situamos en diferente nivel, y que solemos encarar como pequeños senderos subsidiarios que hemos de recorrer, quizás tediosamente, para sentir al fin el gozo de regresar a la luz de lo primordial y elegido. No quiere esto decir que accedamos a esos compromisos deshonestamente, prejuzgando lo que se nos ofrece o desconsiderándolo, no; pero sí quiere decir que la labor que a ello nos lleva es algo diferente a la poesía, porque leemos y reflexionamos con atención, situando lo leído en su lugar preciso, y ante estos estímulos solemos responder de manera positiva intentando aportar una visión útil que relativice lo conseguido porque, también para quien se manifiesta a través de un lenguaje cuasi o parapoético, su ejercicio es importante, y así lo asumimos, pronunciándonos respetuosamente, aunque diferenciemos esa actividad de las que tienen que ver con la poesía, tomada en su acepción primera y fundamental.

Hay inflación de poetas. En ocasiones me invade una sensación de hastío que me recluye en la serenidad y la armonía de los poetas valiosos a los que siempre regreso: me es preciso respirar su escritura para devolver a mi inestabilidad de ánimo el equilibrio y la lucidez. Y como el de la mala poesía no es un territorio imprescindible, aunque haya de dar rodeos, lo procuro evitar, y dedico mi tiempo al disfrute o padecimiento de la poesía genuina, que cuando es transitada por primera vez a través de nombres actuales que batallan en la contienda personal de vencerse y coronarse de autenticidad y ética, o de nombres antiguos o foráneos, desconocidos por mi asumida ignorancia, exige el entregarle por mi parte fragmentos de ese dudoso territorio del yo inseguro. No asumo la poesía que no me transforma, aunque la transformación no sea ni muy extensa ni definitiva, pero si no me siento interpelado por lo que leo, deja de interesarme y el tedio me empuja a desandar esos caminos quizás equivocados o, al menos para mí, estériles. Pero si la poesía me requiere, entonces me ofrezco sin reservas a dejarme llevar por ella a donde quiera. Y no es obligatorio que venga dada por poetas geniales, innovadores, sorprendentes o encumbrados. Más que la impronta del artista, aunque sin obviarla, busco en el poeta la del artesano concienzudo y cabal que ama su trabajo y es capaz de descubrir, con tesón y talento, de manera singular, aquello que la materia que utiliza quiere compartir con él: la realidad profunda, en este caso, de las palabras, sustancia frágil, volátil y transformadora de que están hechos los poemas, junto a los silencios, las pausas y los vacíos. El poeta dispara al aire, y el lector, siguiendo la estela del proyectil, encuentra la veracidad del acto poético, participa de él, lo completa y lo cumple, llegando en su compañía a ese más allá de todos los colores, donde los proyectiles y los poemas continúan su curso, imposibles de ver, inalcanzables, pero reales como los misterios sobre los que nos interrogamos de continuo.

Manuel Moreno Díaz es un poeta (condición, como es bien conocido, no siempre vinculada al hecho de escribir poemas). Y eso es ya, para mí, razón suficiente para embarcarnos en su poesía desguarnecidos y desprejuiciados. A este respecto viene a cuento la atinada afirmación de George Steiner: “Hice poesía, pero me di cuenta de que lo que estaba haciendo eran versos, y el verso es el mayor enemigo de la poesía.” Por mi parte, me reconozco como no teórico ni crítico ni reseñador de libros. No admito servidumbres y sí, en cambio, un primitivo concepto elemental de lo que entiendo es –para mí- incapacidad formal de ser juez y parte, algo que en el terreno de las artes o de la literatura sólo se admite con claro desparpajo en cuanto se refiere a la poesía (donde todos hacemos y sabemos y ensalzamos o desprestigiamos, carentes de pudor alguno). Por tanto, ni llevo el agua a mi molino, ni potencio y reconozco únicamente lo que me resulta afín como poeta. Leo como lector, y como tal elijo o consiento en ser elegido por modos de poetizar diferentes y aún contrapuestos al mío propio.

Llegué a la poesía de Manuel Moreno Díaz a través de su primer libro, La saliva del sol, un libro que ya me aparecía como escrito en regreso, por la intensidad de su vinculación con los hondos sentimientos del reconocimiento del paisaje y de la pérdida. Memoria, sueños y mirada eran los tres vértices entre los que se desarrollaba un canto sosegado a lo humilde trascendido, y donde ya aparecían de manera clara y constante los elementos que se han seguido desarrollando de forma aún más acusada en Armonía y estrago: la luz, el despojamiento del paisaje, la propia biografía como sustancia y fulcro, la esencialidad de lo reconocido a través de sus componentes más humildes, una idea de trascendencia vinculada a la religiosidad como condicionante –más que nada- cultural, y la muerte como razón de toda búsqueda, afianzamiento y compromiso; y todo desarrollado en espiral que profundiza su discurso, su sorpresa y a veces su estupor, mediante frecuentes enumeraciones y letanías que le reubican en el fiel de su propuesta. Aunque nos conocíamos de su antigua vinculación con la revista de poesía El cardo de bronce, ese libro inicial fue su llegada, como poeta maduro, a mi vida, circunstancia feliz enriquecida por una antigua utopía mía –puro contrasentido entre los muchos que me caracterizan- de querer acceder a una poesía sin antecedentes ni apoyaturas personales, ajena a condicionamientos, pura, compleja y completa en su mera ejecución, sin añadidos explicativos que comprometieran mi mirada. Manuel Moreno Díaz me pareció sin reservas un buen poeta; (lo que no es decir poco.) Lo era y lo sigue siendo en su segundo libro, aunque me parezca que continúa establecido en los mismos parámetros y su nueva entrega podría leerse como la continuación de un itinerario lógico, sin otra ambición que la muy legítima de consolidar sus certezas, ajeno a cualquier tentativa de desbrozar caminos, lo que es racional al tratarse de un poeta que inicia su andadura ya desde la madurez poética, sin los tanteos y cambios de rumbo que suelen ser comunes a quienes comienzan a publicar muy pronto y han de irse afianzando a base de influencias y tentativas diferentes, no siempre acertadas.

En este caso, la voz que se comparte, desde su origen, ya está decantada y ha elegido su razón y sus razones. No es, por tanto, Moreno Díaz (tampoco lo pretende) un poeta inocente ni innovador, aunque sí particular por íntegro y genuino. Trabaja con eficacia, depura con acierto, elige con sentido, utiliza sabiamente los recursos en que se sabe ducho, y transmite de manera clara y concisa, con emoción, la desnudez de un mensaje vital que el lector recibe claramente con empatía porque las ocupaciones del poeta coinciden en gran medida con las preocupaciones del lector. Es preciso reivindicar, en cada tiempo, la pertinencia de transmitir –también, no todo ha de ser vanguardia- una poesía de línea clara, que sin anular a la tan de moda –empecinada en lograr el desquicie mental de los tipógrafos- fluya sobre cauces experimentados, se reconozca en la tradición de nuestros grandes poetas, y acceda a esa difícil facilidad de decir las cosas de manera sencilla y hermosa, reivindicando el acento de palabras provenientes de un origen o de un uso –el nuestro- no urbanita, cuyo mero sonido nos estalla en la boca como la más estimulante uva en sazón, palabras que con su oportuna utilización, reivindican su lugar y exhiben su importancia, sin complejos pero también sin premeditada e inútil insistencia: domeñar, lebrillo, abrojo, espinardo, enjalbegar, facundia, lamparón, enviscada, clarión, encostillado, címbalo, mostillo, arrope…

Manuel Moreno Díaz escribe sobre cauces seguros, buen dominador de la música y el ritmo, permitiendo que el poema discurra mediante una oralidad agradecida de inmediata comunicación. El trabajo previo, si existe, no se advierte, y eso es mérito del poeta, que ofrece una obra de consistente naturalidad donde el verso acontece como los sucesos habituales de la tierra, y evita que el lector haya de forzar su capacidad de atención hasta dar con claves de lectura que, en este caso, aparecen con nitidez sobre la superficie. Y sí, se agradece esta poesía que permite caminar descalzo sobre el verso sin miedo a cristales o cascotes. Se ve que el poeta comparte los consejos de Maese Pedro y ha asumido con sencillez que toda afectación es mala.

En tiempos de penuria, los refugios que aportan estabilidad al ánimo son bienes escasos de irrenunciable valor. Y la poesía construida o destilada desde la franqueza y la elaborada simplicidad, viene a enriquecernos con su reivindicación de la obra honesta, el mensaje consecuente y la sabia utilización del lenguaje. Siempre en poesía es más definitivo el cómo que el qué, pues la variedad de temas es limitada y la intención que afecta a los autores de una determinada época suele estar condicionada por acontecimientos, intereses o pesadumbres bastante comunes e intercambiables. El tema, en poesía, siempre procede de las preocupaciones básicas del hombre. Y es su posición ante él y los recursos que se utilicen para tratarlo, lo que convierte el poema en una propuesta sustanciosa o en un tedioso lugar común. Será así la forma en que se nos transmite, la pulcritud y coherencia como nos llega, el acicate que nos incremente el interés, motive nuestro ánimo y nos disponga en la receptividad adecuada para sentirnos interpelados por el texto, concernidos por su motivación y transformados tras la lectura, porque toda poesía verdadera ha de absorbernos hacia esa parcela de identidad común fruto de la confluencia de las dos experiencias: la del autor y la del lector, fundidas en la realidad concreta del poema.

                                

                                              

 

ARMONÍA ANTES, DESPUÉS, CONTRA O A PESAR DEL ESTRAGO

Como confirmación a La saliva del sol, su notable y maduro primer poemario aparecido en 2006, viene Armonía y estrago a asentar de manera indubitada los parámetros ciertos de una poética transparente que establece en la naturaleza esencial y en las emociones fundamentales del ser humano los paradigmas de una poesía de búsqueda y reconocimiento de la nobleza transformadora de lo primordial y poco artificioso, afín a las enseñanzas de nombres imprescindibles como Eladio Cabañero, Claudio Rodríguez, Eloy Sánchez Rosillo, Joan Margarit o Valentín Arteaga. Por encima de las influencias directas de la lectura de sus obras, se advierte una afinidad en la mirada, una parecida manera de establecerse ante el mundo y dialogar con él. Hacia la poesía, como hacia la vida, hay diferentes puertos desde los que partir, y quienes lo hacen desde el mismo suelen compartir la experiencia de una particular luz recibida, el aire respirado y la tensión que en el propio organismo establecen las cambiantes estaciones; un talante, una historia ya asimilada que el organismo da por supuesta y que permite lanzarse a la aventura poética con un bagaje que resta importancia al hecho de presentar un primer o un segundo libro, porque todo lo fundamental estaba ya asumido antes de compartir la primera palabra, y esa residencia previa en lo que habrá de ser sustancia poética es sustrato consolidado, base real constitutiva de cuanto vendrá.

En la poesía de Manuel Moreno Díaz trasciende de manera rotunda su origen -geográfico y emocional- que junto a Gómez Porro y González Moreno le sitúa entre los poetas de mejor asimilación de la profunda mancheguía, independientemente de los temas que traten. Porque Moreno Díaz no escribe sobre La Mancha, sino con La Mancha como sustancia, evocación, actitud y lenguaje.

De La saliva del sol retoma los finisterre de su mundo: la luz y la muerte, el ying y el yang que configuran las dos caras de su moneda, que gira en el aire de esta poesía confundiéndose, alimentándose, enriqueciéndose. Luz y muerte en tiempo presente, evolutivas y generadoras de sustancia, conjuradas como los miedos infantiles y convertidas –dada la imposibilidad de su derrota- en aliadas del poeta, que las trata con la intimidad que cabría en un retrato de familia. Así la luz es sorprendida no sólo en su cénit, sino también en su palidez invernal, y la muerte sosiega su aridez en los bordes de la herida, se traviste de cruz en la carretera o se recluye en la luna oscura y redonda del pozo.

Capeando estos tiempos convulsos, Manuel Moreno Díaz establece su territorio en el recorte de excentricidades, sitúa con firmeza sus pies en la solidez de lo determinado y se pronuncia desde el decoro del amor a la obra bien hecha, donde el tratamiento artesanal de la sustancia poética le gratifica con la asunción continuada de una verdad indiscutible, que en su verso es transmitida con fluidez y eficacia.

Será un fingidor el poeta, pero la poesía no miente. Y esa transparencia dota a la naturalidad de su discurso del don imprescindible de la verosimilitud. Estando, como está, dotado para la versificación brillante, el ritmo eficaz y la armonía musical, podría haber caído en la tentación de optar por el ingenio de una poesía de ruptura, epigonal de esa posmodernidad que en un momento se temió imprescindible, que vino a aligerar el tedioso sota, caballo y rey de los experienciales, y que resulta evidente en quienes se empeñan en cifrar en la dislocación aleatoria de los textos, el pastiche y la impostura (a veces disfrazada de intertextualidad) la cima de su aportación. Pero no, Manuel Moreno Díaz, celoso de la importancia de la palabra, de cada palabra, ha continuado el camino iniciado con La saliva del sol afianzando una poesía de aliento natural que parece ser dicha al ritmo de los gestos del hombre: sus pasos, su mirada, sus latidos. El hombre que camina reflexiona en voz alta sobre temas, de tan cercanos, inaprehensibles, y al hacerlo, la palabra le descubre el mecanismo de sus engarces propiciando el disfrute de un sentido renovado de los sonidos de siempre. El poeta se descubre mientras habla y camina como si estuviera repartiendo la simiente a ambos lados del surco. La suya es, así, poesía de la tierra, de lo tangible y primordial, y lo que de ello permanece, sustancias elementales de la vida donde radica la fortaleza mística de la existencia. La poesía es aquí epifanía de la experiencia acumulada por la memoria colectiva que el poeta filtra en su propósito, y que partiendo de lo común del trayecto singulariza en cada vocablo con una intención clara: dar testimonio de lo que se es y a lo que el poeta piensa no se debería renunciar nunca.

La mancheguía de Manuel Moreno Díaz le universaliza, pues eleva a la categoría de símbolo lo que son elementos cotidianos de un paisaje y paisanaje que ya no son los habituales del poeta, tomellosero de la diáspora. Al mirar el mar, ¿qué ve?, ¿desde qué ojos, mirada, ve?, ¿con qué sustrato, memoria, intención, lo hace? El azul líquido le devuelve la evocación del azul aéreo. En el fondo, todos los azules son un único azul en la mirada profunda, escrutadora, del poeta.

En Armonía y estrago, la rotundidad de trazos del paisaje se despliega ante la mirada atenta del espectador, que asimila a su intención la falsa simplicidad contemplada. Bien es cierto que se constituye en ámbitos extensos y puros, y que su visión panorámica confunde si no se contempla con detenimiento, pero tras la economía de recursos subyace una compleja pincelada, un rico universo de variados matices que se van ofreciendo en su íntima individualidad como regalos que hay que ganarse. Así esta poesía, en la que la tierra es un lugar metafísico. La simbología a que accede como lector se vincula a La Mancha, pero todos los términos relacionados con la Naturaleza, sus plantas, sus animales, su configuración, remiten a un escenario dilatado que es trasunto de la realidad básica de la existencia: lo objetivo, lo material y estable, como contraposición al aire, el viento, el cielo, que son lo aéreo, intangible, mutable. Y la luz, plena y rica, que es el punto de confluencia entre ambos planos, donde se sitúa la realidad compleja del hombre: su duda y sus logros, su angustia y su celebración, su verdad profunda.

Desde la templanza de saber qué se quiere comunicar, y cómo, Manuel Moreno Díaz, escribe ajeno a la imposición tácita que parece exigir esta época de inmediateces, y así evita la frágil rutina de la aplicación de esa recurrente transversalidad de conceptos a que los tiempos abocan; elige sus elementos desde la independencia y la asunción de su propio criterio y no altera la voz, ni añade el tono a los que imperan en el variopinto batiburrillo de superficialidades, sino que asienta su discurso desde la convicción personal, aun a sabiendas de que éste es un camino a recorrer no sólo en solitario, sino desde la lejanía de cualquier vecindad de sus contemporáneos que, por contraposición, le pone en el camino de, entre otros, aquellos determinados grandes poetas con quienes comparte mirada e intención.

Pesa la palabra y cae grávida en la lentitud acordada por el poeta: al depositarse de esta manera sobre el papel conforma una arquitectura que se va constituyendo reposada sobre consolidados cimientos, un ámbito de contemplación y de reflexión, desde la madurez elegíaca de un poeta que no se prodiga, ni confiere banalidad a ningún gesto.

La cuidadosa elección de las palabras, su engranaje paciente, los verbos recogidos uno a uno como frutas valiosas: disolver, refutar, pergeñar, cincelar, dictar, repartir, desenterrar… adecuados, porque los predicados se dotan de gran carga simbólica al ser vinculados a la acción. Así, se disuelve la desnudez de la noche, se refuta su abstracción, pergeña las distancias, cincela los perfiles, reparte exactitudes, dicta límites y desentierra ojos. ¿Quién es el sujeto de tanta actividad?: el ácido del alba: la receptiva e implicada mirada del poeta.

En Armonía y estrago, el poeta camina entre la Naturaleza, la memoria y la muerte, masticando cada paso, cada bocanada de aire, cada tenue dolor que se aloja en las articulaciones o en algún lugar difuso de ese yo expandido que es su percepción del entorno, el tiempo y los afectos. Suelen estar las miradas dedicadas a alguien (ese conmovedor Talitha Qum por tantas muertes como nos acontecen a diario). El poeta se hace acompañar ante cada perspectiva y va diciendo en voz baja su poema para que sea atendido por el cada quién que en cada momento le acompaña y por ese panorama desplegado en que deja inscrita su voz como una inicial en el tronco de un árbol.

El libro avanza a su propio ritmo, ajeno a la temporalidad de las obras lastradas por una fecha de caducidad evidente. El autor no atiende a los reclamos de la actualidad, la moda o el proyecto, sino que ejercita su don desde la severa conciencia de su ejercicio irrenunciable. No escribe para trascender: trasciende al escribir.

                                      

ELECCIONES Y SERVIDUMBRES

Es ésta una poesía bien medida, su cadencia es de paso sosegado y uniforme: las palabras han sido elegidas con cuidado y la concreción de las imágenes en su reiteración connotativa apela a la memoria ancestral del lector, cómplice así y partícipe del aroma no inmediato del verso.

Comienza el libro como en un vuelo rasante, aproximativo, hacia donde la luz permite que los contornos del paisaje mantengan su propia entidad, estableciendo desde sus inicios el paradigma de sus fronteras y la sustancia con la que conformará el territorio poético al que invita al lector. Escenario clásico en la poesía es el elemento/símbolo luz , un recurso del que es difícil evadirse o con el que es difícil singularizarse desde ese lugar común que representa en la poesía española de los últimos decenios, y que en este libro prepondera desde la insistencia con que se titula en su inicio (Afueras de la luz, Luz orfebre, Sol de invierno, Ventana al amanecer, Alba en el páramo, Otra vez la mañana, Mañana de niebla, Himno al sol, A solespones, Enigma del sol, Las últimas brasas, La noche de San Juan); toda una descripción del itinerario creciente desde el solsticio hiemal al vernal, lo que no deja lugar a dudas sobre la importancia que tiene para el autor, y su intención explícita de utilizarlo sin ambages, organizando con frecuencia la tensión dramática en torno a la dialéctica noche/día o sombra/luz, donde a veces la noche es lo difuso frente al alba, que surge como concreción liberadora.

Pero la poesía es la respiración automática del poeta; preocupado por la palabra y por dar la imagen más consecuente de sí mismo, relaja la guardia que evidencia lo que de veras importa: la realidad directa del poema, que no depende exactamente de la vasija en que se vierte ni de las palabras que se utilizan para verbalizar esa razón indiscutible que la estructura y sostiene. Surgen así las obsesiones del poeta, que son básicamente las mismas obsesiones del hombre, evidentes, afianzadas e inalterables desde sus comienzos. Siempre tienen una gran vinculación con su sorpresa y aceptación del hecho de la vida y los elementos previos a su propia existencia, algunos innatos y otros educacionales, en los que se instala y que asume de manera decidida: la tierra, la luz, el paisaje, la familia y la muerte con todas sus liturgias. Y también puede considerarse una marca repetida su forma de entender esta realidad en la que se inscribe, el mundo, que él analiza y ordena mediante sucesivas enumeraciones y letanías, que son su manera de asimilar y compartir la contradictoria obviedad de la existencia.

A la sorpresa ante el caos aparentemente ordenado en que habitamos, se añaden consecutivos acicates para intentar su comprensión:  el miedo, la indignación, la rebeldía o la aquiescencia, la compasión o el compromiso. Manuel Moreno Díaz combina la prevención ante lo desconocido con la celebración de los pequeños tesoros que le confieren la potestad de disfrutar del tiempo presente. Al placer de reconocer la belleza del mundo une el gozo de experimentar desde su interior la riqueza inestimable de las cosas sencillas.

El libro se vertebra en cinco partes que componen un itinerario único, en el que se percibe cómo en cada sección prepondera uno de los elementos habituales en la poética de Moreno Díaz.

Desde su prefacio: Afueras de la luz, todo es un movimiento centrípeto de búsqueda de lo sustancial, en regreso, un despojamiento tras señalar los límites áureos y apasionados de la realidad física como hogueras que son hito, señal y frontera: “bordes del mundo ardiendo”, “caverna en llamas el cielo” (tierra y aire, evidentes realidades físicas absolutas para el poeta).

Aquí, extramuros del día, se establecen los límites y se deciden el escenario, el tono y el tiempo. ”Fue tan fácil…” Vamos a compartir una prolongada reflexión sobre los asuntos principales que preocupan a un poeta que al irlos desarrollando, como si de un conjuro se tratara, libera su ánimo de la presión acumulada por toda una vida de atenta vigilia. El poeta, en su tiempo, habla a los hombres de todos los tiempos. La casuística anecdótica, la realidad objetiva, los acontecimientos, el paso de las estaciones… son el difuso entorno necesario que favorece la destilación reflexiva, porque el núcleo es su experiencia de todas esas contingencias, y en los trece versos iniciales del libro se establecen los parámetros que conformarán esta obra de dual enunciado: día y noche, vida y muerte, templanza y desasosiego, armonía y estrago. (Por cierto, que la palabra “armonía” no aparece más allá del título, y la palabra “estrago” lo hace una sola vez, en el poema Viento del oeste.) Poeta y planeta giran desde su centro, experimentan una realidad movible: entre el orto y el ocaso y entre el ocaso y el orto transcurre la doble única verdad: todo cambia para sentirse vivo; todo muere consecutivamente reponiendo otros pies en las únicas huellas para que nada muera por completo; sólo células que son sustituidas amorosa e indefectiblemente por otras. La vida permanece en esa renovación de la que el poeta es consciente. Pero está a un lado del río que ha de atravesar y no sabe qué hay en la otra orilla, ni cómo regresará tras la experiencia, ni si logrará regresar; también de eso va este libro que se plantea desde el enunciado mínimo de las palabras básicas que son el refugio, el límite, la piel del poeta, su frontera entre el yo y lo otro: luz, mundo, caverna, piedad, árboles, alfabetos, mar, misericordia, camino, cicatriz, muerte, noche. Y el poeta, que tan sabiamente describe el itinerario diurno, quisiera ser también cronista del nocturno: aspira a regresar para contarlo. Pero sus ojos miran lastrados por la luz, porque el poeta es hijo de un territorio metafísicamente inabarcable y ha de asumir la servidumbre de haber desplegado desde pequeño el arco de su mirada hacia el horizonte perfectamente circular donde habita la nada, donde la nada mira y establece el espejo que devuelve a ese niño que fue nuestro poeta su propia mirada desnuda, desguarnecida, colmada por esa verdad absoluta del vacío que él, en cada libro, intenta reconstruir y compartir con sus palabras.

(BREVE INCISO SOBRE LA LUZ

¿De cuántas luces, de qué luz está hecha esta luz de La Mancha?

Para los poetas nacidos en La Mancha, la luz no es una opción por la que decantarse a la hora de elegir símbolos o metáforas, sino uno de los dos elementos consustanciales al que pertenecen desde su nacimiento, y a partir de los que cada cual va levantando su propio edificio con sus elementos particulares: la tierra como sustrato horizontal y firme, consistente y tangible, y la luz hecha cúpula en una atmósfera que abarca 180 grados en vertical y 360 en horizontal, sea cual sea el punto al que se dirige la mirada.

La luz, fanal o candela que ilumina la cercanía del hombre y suena en la espadaña cotidiana de un Dios reconocido desde niños, presencia en la memoria del paisaje y la infancia, luz incardinada en lo ordinario que traspone el umbral de lo profano en la poesía de Valentín Arteaga;

la luz ámbito de vuelo desde el que escrutar la inmediatez de lo pequeño y la espontaneidad del campo innumerable en sus colores intermedios en la poesía de Francisco Gómez-Porro;

la luz como intemperie que ciega y hace retroceder la mirada hacia los recovecos nostálgicos de la emoción perdida y recobrada, y siempre, y nuevamente en fuga en la poesía de Pedro A. González Moreno;

la luz disuelta en la profunda noche luminosa de la esclarecedora y frágil, delgada, interna, quedamente sonora, escuchadora, poesía de José Corredor-Matheos;

la luz volcada sobre el amor cotidiano, luz de la experiencia jubilosa del disfrute y agradecimiento de las cosas sencillas en la poesía de Francisco Mena Cantero;

la luz interior, brasa que calcina y transforma, llevada en volandas de hombre en hombre, que es paradigma de todo hallazgo y toda disolución, utopía y grial, en la poesía de Nicolás del Hierro;

la luz transustanciada en celebración del cuerpo de imposible deleite, nostalgia de la inaprehensible belleza en la elegíaca poesía de la no consecución o de la pérdida, de Joaquín Brotóns;

la luz líquida y táctil, dulce o salada, vibrante, en la poesía ontológica de Miguel Galanes;

y la luz, en fin, armonía y estrago, ritual, piedra angular y proa, cordón umbilical con la Naturaleza de la que procede, amortajada en la insistencia del desvanecimiento de la vida, en la concisa y bien delimitada poesía de Manuel Moreno Díaz.)

                             

                                                

MUNDO Y HOMBRE: CINCO MANERAS DE AFRONTAR LA VIDA

Las cinco secciones en que se divide el libro permiten configurar una mirada poliédrica sobre la realidad que afecta al poeta y que quiere transmitir.

1 – LUZ ORFEBRE – UNA LUZ DE DIARIO

Calificar de orfebre a la luz es una declaración de principios sobre la que es la actitud con que el autor se acerca a la poesía. La luz, fundamento significativo, no es vinculada al tono mayestático de las afirmaciones presuntuosas de los “tocados por la gracia” sino que en su descenso a lo ordinario y manual, es capaz de modelar lo pequeño y delicado. Una luz cercana, de diario, que se enfanga e implica en los sucesos cotidianos, encontrando en ellos el resorte que los trascendentaliza. Ese transcurso de la luz, del alba al ocaso, establece el día como unidad de acción, escenario total en el que cada hora reivindica su propio protagonismo atrayendo la atención del lector hacia ese perfil concreto. Lo pequeño, lo ordinario, lo que comúnmente pasa desapercibido, es aquí protagonista. “El ámbito se viste de costumbre”, y la costumbre alcanza la singularidad de lo que reconocemos como importante, esa “costumbre / que en todo se cose a su tarea” que es el mundo y su repetida lucha por alcanzar la costa del día siguiente, la nueva posibilidad de continuar siendo conscientes de cada pequeño gesto, y de celebrarlo. El ciclo diario es también ampliado en el arco creciente que trazan los trece poemas de la sección, hasta la cima del verano.

2  – OFICIO DE HUMILDAD – MÍSTICA DE LA LLANURA

En Oficio de humildad,  el poeta toma esa Naturaleza básica de la que procede y a la que se encamina hermanándose y hermanando, en un retorno lógico, identificativo, los primordiales elementos de la llanura capaces de adquirir connotaciones inefables: el cielo, “los mares de allá arriba / como un campo de plumas perezosas”; el aire, “prendidos a su vuelo / van silencios respirados, luz andada”; el agua, “Todo encuentra en el agua su camino”; la tierra, “este sucio silencio horizontal”; el árbol, “mástil de soles despeñados”; los insectos, “Escándalos de sol, ebrias chicharras, / en vosotras la  epifanía” o las flores del campo, “tú, la flor revestida de martirio, / amapola silvestre y entregada”; toda una conformación dotada de trascendencia al aparecer en un entorno de elemental y sobrecogedora amplitud. El poeta, líquido máximo como la propia poesía, se va transustanciando al adquirir la forma de aquellos elementos en los que toma residencia: la lluvia, el viento, la acequia, las chicharras, la savia… una orografía emocional a la que reconoce como ámbito y raíz de vida; la incardinación del hombre en un universo no circunstancial, connotativo. Así, nombra de forma explícita lo que en su humildad pudiera pasar desapercibido, porque sabe que, al nombrar, el poeta lleva lo nombrado a una nueva dimensión en la que permanecerá vinculado a la propia esencia de quien nombra: “espinardos, pinchosas, rascaviejas, / trotamundos, abrojos, capitanas, / espantabrujas, cardos, malvecinos”.

¿Dónde, en medio de este contexto de turbador asombro, se advierte la mano del hombre, sin aparente intervención en la básica realidad de la llanura?: quizás en esos “Tejados de Tomelloso” que ponen techo circunstancial a la mirada, reducto de la memoria, evocación de la infancia y sus primeros aprendizajes y experiencias, que envejecen igual que sus paisanos, capaces de sostener el aire, la luz de las estrellas, el sorprendente y liviano azul del cielo, pero no la nieve, ni el hielo, y a duras penas el paso del tiempo que a todos nos iguala: mundo y hombre, en un realidad en movimiento dirigida a la inexorable limitación del péndulo, la finitud de los ciclos.

3 – AL AMOR DE LAS SOMBRAS – ENTRE EL POZO Y LA INTEMPERIE

La experiencia elegida, la biografía consciente del hombre que designa o desecha y a veces se resguarda en la sala llena de espejos de las enumeraciones, bíblicas en la inminencia del desierto; ocaso y muerte, pero también homenaje a los ausentes admirados, “Tienen tanta memoria las paredes, / tardan tanto los muertos en morirse”, aquellos que complementaron la educación del poeta, sus preferencias, su opción, el lado del camino por el que andar: cine, jazz… todas las infancias arrebatadas en las de esos cuerpos que quisiéramos ver de nuevo en pie.

Noche, despoblamiento, intemperie, aire de salmo, de éxodo, de escritura como acto obligado para preservar la memoria colectiva, el yo que procede de los antepasados y el entorno: un yo común que se nutre de una memoria dilatada que se asienta a través de frágiles y perseverantes raíces compartidas. El poeta, humilde, sobrecogido, identifica su propia luz/candela con un “fulgor leproso”. La muerte anónima en las cruces de la carretera. La conmemoración del 2 de noviembre y todas sus ausencias. El pozo como manchega metáfora del suicidio, la opresión, la ausencia de salidas. Y como contraposición, la intemperie: la amplitud del despoblado, la oscuridad, la dejación de la vejez pasiva; el abandono y el miedo. Y los nombres: los nombres elegidos como afirmación de la propia experiencia: Ernst Lubitsch, William Holden, Robert Johnson, Charlie Parker.

La poesía manchega fluctúa entre las lindes del pozo y la intemperie; el horizonte no lo delimitan los puntos cardinales, que son sólo conceptos geográficos o físicos. El pozo y la intemperie son el alfa y el omega de un sentido existencial que trasciende al poético, aunque lo vertebra como una línea de ferrocarril que articula el paisaje de extremo a extremo.

    4 – TANTUM CORPUS – DESCANSAR DE LA LUZ

Lo que antes amanece es el dolor. Las heridas son el alba del hombre, lo primero que despierta, lo que despierta al hombre. Pareciera la noche el único refugio, contradicción quizás de un poeta que establece la luz como premisa fundamental de la existencia poética y humana. Pero es que, realmente, para un hombre que abrió sus ojos en la tierra que más luz abarca, la luz pesa y quema y sobrecoge; y es preciso descansar de ella, cerrar los ojos para no verla, para no mirarla, para ser –en cambio- sólo mirado, visto, por ella.

El poeta, reflexivo, devuelve el protagonismo a lo pequeño, aun tedioso y molesto, como esa mosca de implacable perseverancia. La realidad se constituye desde estas minúsculas facetas que componen una situación encadenadamente compleja. Y el poeta tiene la “obligación” de ser fedatario de esa multiplicidad de elementos que contienen en su rutinaria función el germen de la mecánica celeste sin obviar la posibilidad de sorpresa: el elemento mágico a veces propiciado por la propia reflexión humana.

En “Balada para Ruth” se escribe con la pérdida como antes con la herida; una constelación de dolores y ausencias establece los puntos a que fija el poeta su existencia, entre los que discurre dando fe de una realidad que es despojamiento en busca de preservar la esencia de un yo al que veces se accede evidenciando las sombras.

El espejo retiene la realidad del hombre, disecciona sus partes, las reconoce. Al fijar la mirada en cada elemento: arterias, nervios, músculos, tendones, huesos, sangre, el poeta se adueña de una realidad propia, que se trata como ajena por el distanciamiento del acto de mirar. Y se refugia en las enumeraciones (“Letanía del miedo”) que son también una forma de objetivar la propia experiencia. Su preclara intuición poética se sobrepone al cuerpo como templo de la muerte, y  se implica en el entorno prolongando su propia realidad sensitiva hasta mimetizarse con esa plena fusión de tiempo, espacio e Historia que es la realidad plena en que se inscribe. La mirada altera lo mirado (Ensuciamos el mar con nuestros ojos), se asume la inteligencia de lo intangible (Qué bien sabe morir la luz de Roma), el tacto ve o ignora (las manos / son solo la extensión de una ceguera) y, al final, el propio cuerpo es entregado en sus múltiples posibilidades en el ara de una forma de entender el amor que nos hace recordar, en el poema “Mis manos”, la vehemencia del propio Miguel Hernández:

…manos de carcelero porque encierran

en sus ansias tu tuétano de azúcar,

manos de bárbaro que solo saben,

con su fiera e inválida ternura,

tocarte a dentelladas,

manos que se hacen cuerdas, lenguas, labios

cuando dicen tu nombre en sus caricias,

estas manos, las mías, manos

de tullido que solo son muñones

cuando no están soldadas a las tuyas.

5 – SOL DOMÉSTICO – PARA CERRAR EL CÍRCULO

La palabra es un río; el poema es un río, la memoria, la vida, la experiencia cotidiana de la soledad esencial ante la historia de la que provenimos. Sólo somos cuanto hemos amado, cuanto hemos sido amados, y nos afanamos en traspasar la antorcha recibida a quienes aguardan expectantes con los ojos llenos de futuro.

Inerme, el poeta se abandona a su propia turbación, se deja discurrir como una profunda corriente de agua respetuosa con la hondura que atraviesa sin otro sonido que el del alma. Suena suavemente el alma del poeta en este sol doméstico que es la sustancia de que está hecho su asombro ante la vida. Y llama a la compañía, a la compartición de la sorpresa continuada que es la felicidad venial de los afectos. A todos, vivos y muertos, llama a ese camino donde quizás pudiera ocurrir el milagro, o donde acaso el milagro sea el propio camino en compañía. Destellos repentinos de pasado alumbran como en las noches especiales de la infancia alumbraban aquellas mariposas recortadas sobre naipes de Heraclio Fournier, que conjuraban en su tétrico halo un universo de realidades trascendidas, pequeñas llamitas que contenían en su luz diminuta toda la luz del mundo. Guarda el poeta su emoción en la orza del mostillo, del arrope, en las campanas que doblan, en la madre -perpetuo ángel cautivo de su amor por nosotros-, en el luto que aventaron los trenes que cruzaban despavoridos hacia el mar.

Viene la luz a ser nuevamente el lugar de la memoria (¿quién reside en quién?); acaso regresar sea recuperar por un instante esa luz de la infancia: un instante que ya durará para siempre. Conjurar el pasado y el futuro; hacer del presente un tiempo interminable donde puedan perpetuarse todas las miradas, los aprendizajes, intercambiando y compartiendo cada naturaleza, diluyéndose bajo un manto solar que acoge y protege todas las intemperies.

                                 

REFERENCIAS FUNDAMENTALES: LUZ, RELIGIÓN, MUERTE

La presencia obsesiva de estos tres elementos conforma un panorama a veces claustrofóbico que sobrepasa su mera función simbólica o metafórica. Luz, religión y muerte se configuran como la sustancia matriz de los poemas, la materia de lo poetizable y la forma de poetizar.

La luz no es un elemento intangible, sino pleno de corporeidad en la dinámica referencial del poeta, que la describe de múltiples formas y vinculada a diferentes y aun contrapuestas funciones. Excluyendo las ocasiones en que aparece complementando a religión o muerte, se puede presentar configurada en pétalos y, dotada de todo tipo de potestades; como elemento maleable puede ser orfebre, fingida, perdida, andada, torpe, balbuceante, hecha camino o andamio, promesa, dormida, extranjera, mortal, lavada, limpia, escritora, vestida con camisa de domingo o habitante de la leprosería o de yodados abismos. A su vez, el sol, que no sólo quema, sino que abraza, puede ser apócrifo, alfarero, panadero, hojalatero, chamarilero, espigador, picapedrero, unánime, maestro, elemental, transitivo, y es capaz de pisar, escandalizar, encharcarse o despeñarse. Dentro del libro se conjuran un haz de lumbre, un redondel de lumbre domeñada, un osario de brasas que también pueden ser penitentes, y una noche ardida donde, antes del alba, aparecen llamas, rescoldos, antorchas, brasas, pavesas, relámpagos y estrellas -acaso mendigas-, incluso en un hospicio.

Las referencias religiosas son permanentes; es difícil encontrar un poema donde no aparezcan directa o indirectamente, desde “Ventana al amanecer” (obviando esa inicial misericordia de “Afueras de la luz”, que no necesariamente ha de ser considerada como un atributo de Dios).  La impronta que culturalmente ha dejado el judeo-cristianismo en la poesía de Manuel Moreno Díaz, se evidencia de forma más acusada en su segunda entrega poética. Y en esta utilización demuestra la particularidad de su camino, al no asumir la cuidadosa y habitual ausencia de referencias concretas a las religiones establecidas –al margen de la poesía específicamente religiosa-característica  común de la variopinta y contradictoria actualidad poética, que suele considerar lo religioso, o la misma idea de Dios, como un condicionante negativo, trasnochado y, por consiguiente, a evitar.

Y así llegamos a la consideración de la muerte en “Armonía y estrago”. En la obra de Manuel Moreno Díaz la muerte es su auténtica primera y básica sustancia poética, su  lenguaje, su mundo referencial, su manera de vincular el presente con el pasado y las raíces de donde procede, la evocación de los ancestros, las posibilidades de futuro. Ya era materia fundamental en “La saliva del sol”, y lo sigue siendo ahora. Las referencias a la muerte aparecen en todos los contextos posibles: tumbas, huesos, sudarios, criptas, catacumbas, ataúdes, cenizas, agonías, embalsamamientos… En más de sesenta ocasiones, en cuarenta de los cincuenta y un poemas que componen el libro, reitera su vigilia, su presencia como recordatorio de la finitud de todas las circunstancias,  sueños y posibilidades. Pero, curiosamente, pese a la abundancia de apariciones, el tono general no es pesimista, ni en exceso dramático. La muerte es una evidencia, algo tratado con la misma naturalidad con que se tratan los pequeños elementos del campo o los avatares que acontecen bajo los viejos tejados familiares. Quizás, este tono vinculado a la idea de naturaleza elemental de los seres y las cosas, sea  herencia también del carácter sosegado y realista de gran parte de la población de sus orígenes.

                                    

LETANÍAS Y ENUMERACIONES

Uno de los elementos más significativos en “Armonía y estrago” es el uso continuado de enumeraciones, generalmente reforzadas por anáforas en el comienzo de los versos; los poemas son así compuestos mediante sucesiones descriptivas que van constituyendo por adición el cuerpo del poema. Al final, una conclusión de común contundente viene a desvelar la intención del autor, que suele cerrar el poema con una afirmación rotunda y por lo general sorpresiva y brillante.

Desde “Alba en el páramo” (Aquí solo raíces… aquí solo cosechas… aquí solo las nubes… aquí solo caminos…) la fórmula se reitera adquiriendo un aire bíblico de articulación repetitiva e hipnótica. En “Otra vez la mañana” al  ácido del alba se le reconocen  características determinantes, atribuciones de la luz, que el poeta adjudica a la repetición diaria del suceso (disuelve la desnudez… refuta su abstracción… pergeña… cincela… reparte… dicta… desentierra… ). En ese cielo en que se convierte la tierra en  “Mañana de niebla”, todo es incierto, todo disuelto, todos flotando, todos bajo esta nube, todos bajo esta niebla, todos al fin hermanos… En “Himno al sol”, se dota al astro de las cualidades u oficios humanos que ya indicamos al referirnos a la luz (alfarero, hojalatero, panadero…) Al utilizarse el recurso con tanta frecuencia, se refuerza un sentido que va repitiendo el eco de poema en poema adquiriendo una connotación con reminiscencias de texto sagrado, sálmica y reverencial. En “Internum aequor”, en el límite de ese mar interior, acompañan al poeta la transitada calma, el consuelo, el metódico imán, los yodados abismos, el murmullo, el cóncavo letargo, las nubes, y la muerte tranquila. “Enero” es claramente el comienzo de una letanía en la que se advierten dos voces, una que va repitiendo Enero, y otra que responde en cada ocasión: luz fingida, todo puertas, luz perdida, estrellas muertas, en una suave asonancia complementada con nueva, día, huellas, y vivas. En “Salsola kali”, la búsqueda de la planta humilde es también la constatación de la naturaleza cardinal del poeta, que relaciona, reverenciándolos, nombres ausentes del mundo urbano, que apenas existen para nosotros más allá de los vocablos que los nombran meticulosa y detalladamente: espinardos, pinchosas, rascaviejas… en los que el poeta encuentra solo ciega obediencia, solo árido silencio, solo tenaz fatiga… En “Preparativos para el desierto” a la noche se la rodea de características y circunstancias de insistente y reiterativa sonoridad a las que siempre se antepone una noche : una noche de estrellas…, de vientos…, como uñas…, que pudra…, que no guarda…, que seque… erizada de puertas… pegada al paladar… que guarda. La estrofa final del mismo poema inicia cada verso, a partir del tercero, con un y que va añadiendo tensión a la relación de elementos físicos o inmateriales que el poeta afirma regresarán después de la muerte: y los nombres… y las serpientes… y la piedra… y el águila… y las víctimas… y la paz… “Dos de noviembre” es una exhaustiva relación de las cosas -hasta veintiuna- con las que se acompañan los muertos que nos visitan, siempre bajo la fórmula de con su… “Grafiti reencontrado” es otro caso de poema compuesto por una enumeración que se culmina con dos versos mediante  los que el poeta redondea con buen oficio el itinerario de la mirada sobre una pared cubierta de inscripciones a través de las que se reencuentra con su pubertad y la emoción de sus inocentes enamoramientos. El poder evocador de los signos antiguos, los nombres, los dibujos, el temblor del trazo… establecen la supremacía de la mirada sobre el tiempo; los quince versos de la primera estrofa son un itinerario que va aproximando al lector hacia donde el poeta quiere llevarle: el desenlace de esos dos versos finales afirmativos y concluyentes. En “Viejos al sol” la luz es artífice de la descripción pormenorizada no sólo de la apariencia de aquellos ancianos de otro tiempo que aguardaban la muerte pacientes y resignados, mientras veían pasar la vida sentados a la puerta de su casa, sino también, a modo de radiografía, de su interior gastado y vigilante, sedentes como dioses domésticos. “Las puertas cerradas” se construye en tres enumeraciones que componen sus tres estrofas: el afuera, el adentro y la frontera entre ambos, en nítido homenaje al cineasta Ernst Lubitsch. “Letanía del miedo” es un conjuro de salvación. El poeta, que a veces al nombrar dota de entidad a lo nombrado, también puede utilizar su don para, nombrando, conjurar y desactivar la influencia negativa del mundo y sus elementos sobre la naturaleza del hombre; exorcismo de los propios demonios, siempre subjetivos, pero poderosos. En “Profanación” es el yo subrayado e insistente el destinatario de las acciones del mar, la tierra, el silencio, el sol y el aire a través de esos mi/mis iterativos con que se culmina cada afirmación, lo que se convierte en negaciones en el poema siguiente, “Mi corazón”, donde se relacionan todas las cosas que no fue capaz de concretar tan sensible y metafórico órgano. “Mis manos” es otro poema descriptivo que va discurriendo a través de las muchas características y facultades que les otorga el poeta: diques, de ciego, jornaleras, espinas, de misionero, de carcelero, de bárbaro, que se hacen cuerdas, lenguas, labios… Y al fin, en “Sol doméstico”, el poema más extenso y complejo del libro, no es de extrañar que a lo largo de sus ciento setenta versos aparezca una final y casi religiosa letanía a través de los sucesivos cuesta creerte / cuesta creerque no se es hasta diez cosas sucesivas.

Está claro que este recurso es de los preferidos por el poeta, que lo utiliza de manera consciente y voluntaria hasta convertirlo en consustancial no sólo con el desarrollo del libro sino con su propia capacidad versificadora. Lo que en otros autores puede ser recurso aleatorio es en este caso esencia, objetivo y consecución idiosincrática.

CONCLUSIÓN INCONCLUSA

Manuel Moreno Díaz configura su universo a través de las medidas del hombre: la mirada del hombre, el paso del hombre, sus preocupaciones, su tacto, su reflexión. Nunca pierde el contacto con la tierra aunque sepa hacer volar alta su mirada hasta presentir una verdad definitiva que aguarda al otro lado del horizonte, esa línea –utópica- de imposible traspaso. Quizás esta asunción de los parámetros concisamente humanos provenga de su formación clásica y su amor hacia las lenguas matrices de las que proviene nuestra forma de ordenar la experiencia del mundo. Quizás también se sume a ello su concienzudo itinerario de lector consecuente, asentado en la tradición de las poéticas latinas, fundamentalmente castellanas, que se manifiesta en su dominio de los ritmos y contrapuntos que han llegado a ser tan usuales en los poetas nacidos en la segunda mitad del siglo XX, vinculados a un desarrollo musical que se concreta comúnmente a través de versos de 11 y 7 sílabas, y en los alejandrinos quebrados, una poetización que en este caso se desliza al ritmo sosegado de los ríos de llanura y los pasos del hombre sobre el campo. Y cómo no, por la ascendencia de su propio origen geográfico, que le otorga una impronta de serenidad y despojamiento de elementos superfluos y le acerca de forma medular a la esencialidad de los sustantivos que no precisan adjetivación, y que cuando la reciben siempre es particular y no común, con la experiencia intensa de las emociones sencillas y la sabiduría de quien sabe ir directamente a la raíz porque conoce y reivindica el improcedente sinsentido de lo banal.

Es ésta una poesía bien delimitada, clara y directa, que ni oculta sus referencias ni da rodeos en un trayecto de inútil dilación. Hay un gusto por la conclusión directa y el poema que ha de ser resuelto en sí mismo.

Sus temas son: la Naturaleza, un mundo acotado por el propio horizonte como frontera emocional, el paso del tiempo unido al tránsito de la luz, la casa como ámbito de experiencia y refugio de la memoria, su identificación con el paisaje como territorio propio, y sus avatares: el peso de la luz, la lluvia, la niebla, la brisa, el viento, aquello que transforma lo estático o de lento desarrollo, su incardinación ontológica en un doble ámbito: el inmediato del entorno y el amplio de la bóveda celeste que, al tratarse de un poeta trascendente que denota creer en aquello que permanece más allá de los límites físicos, es también asumido como su casa. Dota así de características humanas a cualquier elemento que considera vivo en su entorno: los árboles, el aire, los insectos… Y en este escenario primordial desarrolla también el culto a los antepasados, el respeto a quienes transmiten su experiencia y su ejemplo de vida, la belleza en el declive del anochecer de la ciudad propia, y el amor sigiloso, deudor de su fragilidad, siempre recién perdido, siempre a punto de ser alcanzado, nunca en plenitud. Y todo ello con un lenguaje cultivado y emotivo.

A pesar de lo que pudiera denotar una lectura somera del libro, Manuel Moreno Díaz no es un poeta anclado en el pasado: huye del tratamiento trillado de los temas elegidos; y su amor por el cine y el jazz, y su consecuente aproximación  a ellos, que tan bien se advierte en los poemas titulados con nombres propios, permite percibir que su decisión de establecer su poética en los terrenos concretos de la relación con la Naturaleza y los principios cardinales del hombre sosegado, amante de las tradiciones heredadas, es una opción consciente, reflexiva y arriesgada en estos tiempos de descrédito de cuanto no suponga transgresión gratuita, grandilocuencia o dislocación disolutiva de las formas. Así se entienden como elección el amor a la tierra y los ancestros, una religiosidad de corte tradicional que permeabiliza su lenguaje erigiéndose en sustrato imbricado y, sobre todo, esa presencia obsesiva de la muerte, que es la auténtica protagonista del libro, hasta hacer que la luz, su otro gran motivo recurrente y sostenido, aparezca sólo como el reverso de la moneda.

Moreno Díaz elige, y su elección le aleja de los caminos disgregadores de las poéticas contemporáneas. Nada en él aparece impostado, artificioso, circunstancial como las tendencias que se suceden banalmente. Sin renunciar a su contemporaneidad, el tiempo de su poesía es un presente atemporal; vence al tiempo al establecerse en un no tiempo que le emparenta con cualquier ser humano doliente y despierto sea cual sea su época. No pretende innovar  ni  adecuarse a modas, y por eso no caduca. Su búsqueda es la de las razones profundas del hombre y el mundo, lo que subyace tras la aparente realidad efímera. El poeta se busca buscando lo profundo de la existencia, y en ese recorrido regresa a sus orígenes para asumir la educación recibida, y reivindica el amor a los padres, la familia, el pueblo y los dones y herramientas legados por todos ellos. Es desde el origen que Moreno Díaz establece su verdad, a la que va añadiendo los conocimientos adquiridos y de la que elimina lo que esos mismos conocimientos descubren como impreciso o innecesario. Y, en fin, aporta también con acierto a su poesía el aire amplio de esa mediterraneidad de su presente, que matiza la crudeza de la luz de su origen, enriqueciendo y suavizando una sustancia poética que se hace respetar por su propia entidad, su peso específico y su solvencia.

                                               

(ARMONÍA Y ESTRAGO: UNA EXPERIENCIA PERSONAL)

La poesía es mi manera de ordenar mi cabeza y el mundo: herramienta y refugio, que me aporta el método de conocimiento de mi propia esencialidad y la de aquello y aquellos hacia quienes tiendo. También lo es la música, quizás porque entre ellas hay más similitudes que diferencias y en circunstancias de agobio, sorpresa, quebranto o estupor, intuyo la afinidad de nuestra sustancia y tiendo a pensar que despliegan sobre mi conciencia sus alas protectoras. También lo son –en menor medida- otras artes o privilegios de mi libertad, como la introspección o el silencio. Pero son la poesía y la música esas partes escindidas de mi yo hacia las que siempre dispongo una actitud de regreso. Sé que en otra vida, o en otra dimensión (déjenme creerlo) hemos sido uno. Vivir así, separado de ellas aunque cercano, es mi modo de entender el exilio. Siempre estaré en regreso, pues de donde partí es un lugar al que no se puede volver. La poesía es mi forma de entregarme a la nostalgia. Lo digo como lector. Como poeta soy objeto de una potestad a la que me someto, pues no es una actividad elegida, sino aceptada en cuanto es el movimiento intrínseco de mis células, la excusa que esgrime mi inteligencia para no desistir, la frontera permeable que me comunica con el entorno, entendido como globalidad, universo.

Leer poesía es para mí una actividad imprescindible; y hallar dentro de ella respuestas o consuelo, un regalo que rebaja la aridez de tantas horas de travesía. Soy una persona abierta hacia los otros, hacia lo otro; disfruto y padezco de y con la Naturaleza, la sociedad y el mundo. Y en mayor medida de mí mismo, único territorio –según mi concepto de la responsabilidad- sobre el que se establece mi compromiso de salvar del incendio.

Procuro leer poesía sin celos ni prejuicios cuando lo hago en el presente de mis contemporáneos. Y generalmente lo consigo sin esfuerzo. No estoy en ninguna carrera contra nadie, y mi invisibilidad manifiesta es el sedante que rebaja alguna ansiedad ocasional. Creo que soy listo si he decidido relacionarme con la poesía como posible fuente de placer y de verdad. Pongo mi experiencia al servicio de los textos que leo, y así accedo a una parcela de autenticidad específicamente nuestra: del poeta en quien esté inmerso y mía. Por eso me acompaña durante tanto tiempo cada lectura de las que considero. Me ha ocurrido últimamente con este Armonía y estrago de Manuel Moreno Díaz. Disolver el límite entre la poesía y yo mismo, me ha regalado muchos momento de vida auténtica. Al margen del contenido: el violeta de sus cubiertas, el amarillo de la impresión de su portada, el sutil marfil del papel, la limpia composición, los márgenes generosos con su mucho aire, las destacadas versales del primer poema de cada sección, la elegancia de la distancia entre el título y el cuerpo del poema, la discreción tipográfica de las dedicatorias y la cita, el centrado de la numeración, la belleza concreta de la tipografía, su nitidez, la claridad de las secciones, la posibilidad de disfrutar del olor de la tinta y del papel, su tacto, su sonido, la concreción epitáfica del colofón… Calle del Aire, Renacimiento, Abelardo Linares, son garantía de mesura, armonía y equilibrio. No con ellos ha de estar reñida la poesía, y sin menoscabar un ápice la posibilidad de controversia, entregar una edición cuidada y cuidadosa ha de ser motivo de alegría y agradecimiento, porque no siempre es así, incluso en publicaciones realizadas por otras editoriales prestigiosas, cuyo indisimulado afán rentista les hace actuar a veces con mezquindad incomprensible escatimando los cuadernillos al máximo, ajustando los versos, agobiando los márgenes y hasta procurando ahorrarse las páginas de respeto.

Sí, es motivo de felicidad en este mundo de grandilocuencias el encontrar un buen libro de poemas hermosamente editado. Por eso, Armonía y estrago reúne en su edición varias felices circunstancias que agradecemos; entre ellas, la de poder disfrutar física, emocional e intelectualmente, de la poesía verdadera de un autor honesto que crece y nos reconcilia –en época de aspavientos y dislates- con el afán de conocimiento y la palabra como vehículo que nos encamina de lo particular a lo absoluto: esa poesía verdadera que tantas veces nos aguarda pacientemente bajo la sosegada luz de la costumbre.

 

                                        

ADENDA (PERFECTAMENTE PRESCINDIBLE) DE CIERTAS CURIOSIDADES

 

 

Algunas referencias sobre la luz

afueras de la luz p9, luz orfebre p11, sol de invierno p13, también mi luz p13, candil de llama enferma p13, torpe balbuceo de la luz p14, abrazo del sol p14, haz de lumbre p14, las gastadas promesas de la luz p15, sol apócrifo p18, sol alfarero, panadero, hojalatero, chamarilero, espigador, picapedrero p20, sol unánime, maestro, elemental, transitivo p21, yodados abismos de la luz p22, un redondel de lumbre domeñada p23,  osario de brasas p25, pétalos de luz p25, luz fingida, perdida p26, noche ardida, llama, rescoldos, antorchas, brasas, relámpagos, estrellas, pavesas, alba p27-28, enchárcate de sol p31, hospicio de estrellas p31, soles despeñados p32, luz andada p33, andamiaje de la luz p34, senderos que le traza el sol p34, brasas penitentes p38, caminos de la luz p39, escándalos de sol p40, pisados por el sol p42, la luz con camisa de domingo p43, incubaban la luz p43, estrellas arrancadas p49, estrella mendiga p51, soles inversos p53, la luz los va tallando p56, el sol los tiene ya p57, luz que duerme p58, la luz embalsamada p63, la luz de Roma p72, luz extranjera p73, del otro lado de la luz p77, venid todos al sol p81, nunca la luz p81,  leprosería de la luz p82, la luz escribe p84, no lavas tu luz p84, la tierra de este sol p85, luz mortal y limpia p85, mis manos levanten este sol p86.

Algunas referencias religiosas

misericordia p9, te unge de cielo p14, óbolo que baja cada noche / a enterrarse en la boca de los muertos p23, bárbaro pentecostés p27, lápida / de polvo y de cuaresma p35, el cuenco de su cáliz penitente p35, debajo de las cítaras / que cuelgan en el sauce p36, flor revestida de martirio p38, enfática liturgia p40, eucarísticos vencejos p43, Yahvé p49, pan sin fermentar p50, encenderé sus lámparas p51, este escueto crucifijo p52, sin fe le rezo a nadie p52, con sus exvotos p53, las velas, los inciensos p61, en la casa de Jairo p63, la perversa santidad del mártir p71, los dioses únicos p71, perfumaba de muerte a nuestros dioses p72, un lento apostolado de tinieblas p72, cerrado en un sagrario de costillas p72, pan ni pez multiplicados p76, Camino de Emaús el sol se pone p81, lamparillas / mariposas flotando en el aceite p81, miel comulgada p82, el traje de primera comunión p83, aprenderás a andar sobre las aguas, lavarle a su pequeño apóstol / los pies del jueves santo p83, mi cuerpo volverá a ser hostia enferma p83, quién te comulgará p84, tosca santidad p84, los tiempos de la cruz p85, aprendamos a resucitar/todos los días no solo en domingo p85/86, venid a las iglesias de mis ojos p86.

Algunas referencias a la muerte

Hemos hecho la paz con nuestros muertos p9, la paz de las naturalezas muertas p9, el sudario de paz de los desiertos p15, cosechas que duermen… bajo tierra p15,  desentierra los ojos de sus tumbas p16,  el óvalo que baja… / a enterrarse en la boca de los muertos p23, este osario de brasas p25, estrellas muertas p26, entierro mis ramas p32, rumbo a la ceniza p32, lápida / de polvo y de cuaresma p35, lo que en la tierra tus cenizas callan p 35, criptas / de huesos y raíces p39, catacumbas de légamo p39, voy a morir de todas vuestras muertes / vais a morir de una sola vez p47, la casa que abandono / es solo un cementerio p48, y después de la muerte /regresarán el canto y la ceniza p50, la paz olvidada de las tumbas, no resucitará de sus cenizas p51, …otra cruz, / la de la sepultura p52, un año más los muertos nos visitan p53, luto simétrico p53, tardan tanto los muertos en morirse p54, muerte abovedada p55, ídolos de  luto p56, …estamos a salvo de la muerte p57, qué mal elige /la muerte a sus actores p60, están velando mi cadáver p60, la clavícula derecha de algún muerto p61, la calavera / las velas, los inciensos p61, cubre mi calavera / de polvo y de piedad p63, desentierren los ramos de mis uñas p63, la luz embalsamada p63, me arranque de esta fosa p63, recojan mi esqueleto p64, que vista esta osamenta p64, tú sí que sabes encontrar la muerte p68, la muerte respetó sus compromisos p69, nuestra tumba en la vida p69, los embuten de muerte minuciosa p70, nuestra boca / de humedad y sepulcro p71, perfumaba de muerte a nuestros dioses p72, qué bien sabe morir la luz de Roma p72, ese trajín de huesos / que trabajan para la muerte a oscuras p72 , la ceniza de mis órganos p72, tan solo un cuerpo contra tanta muerte p73, donde todo el que muere, muere solo p73, agonía de aceite p73, Roma no nos perdona / y la muerte tampoco p73, agonía espaciosa y reverente p74, una muerte pequeña p74, se hace cabal idea de la muerte p75, cosida a nuestra muerte hay tanta muerte p81, la luz interpretada de los muertos p81, fonema entre los dientes de los muertos p82, llenasteis de sepulcro p82, desde todas mis muertes a su lado p83, hay que buscar un ataúd pequeño p83, el miedo de dos tiernas calaveras p83, los mapas / del luto p83, que alguien puso en la boca de la muerte p83, que no nos traes saludos de los muertos p84, desde la sepultura p85, labios que habéis nacido para tumba p85, aprendamos a resucitar p85.

Breve relación de letanías y enumeraciones:

Alba en el páramo p15, Otra vez la mañana p16, Mañana de niebla p17, Himno al sol p20, Internun Aequor p22, Enero p26, La noche de San Juan p28, Salsola Kali p37, Tejados de Tomelloso p43,  Preparativos para el desierto p49, Dos de noviembre p53, Grafiti reencontrado p54, Viejos al sol p56, Las puertas cerradas p58, Letanía del miedo p71, Profanación p75, Mi corazón p76, Mis manos p78, Sol doméstico p84.

LA SOSEGADA LUZ DE LA COSTUMBRE

(Algunas reflexiones desde Armonía y estrago, de Manuel Moreno Díaz

Ed. Renacimiento, Sevilla, 2015)

ÍNDICE

.Caminando descalzos sobre el verso

.Armonía antes, después, contra o a pesar del estrago

.Elecciones y servidumbres

Breve inciso sobre la luz

.Mundo y hombre: cinco maneras de afrontar la vida

1-Luz orfebre – Una luz de diario

2-Oficio de humildad – Mística de la llanura

3-Al amor de las sombras – Entre el pozo y la intemperie

4-Tantum corpus – Descansar de la luz

5-Sol doméstico – Para cerrar el ciclo

.Referencias fundamentales: luz, religión, muerte

.Letanías y enumeraciones

.Conclusión inconclusa

.(Armonía y estrago: una experiencia personal)

.Adenda (perfectamente prescindible) de ciertas curiosidades

   

                                       

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s